martes, 19 de marzo de 2019

No repensar las palabras para pedir perdón


Muchos artistas temen decir cuál es su orientación política por miedo a que la mitad del público los rechace. Alaska no está de acuerdo, cree que hay que ser valientes, decir lo que se piensa y no entrar en juegos con la crítica. De hecho, sobre si es de izquierdas o derechas, afirma que “ningún partido le convence” y, lo mejor de todo, “no lo hice con 14 años y tampoco lo voy a hacer con 55, no voy a repensar mis palabras y ver si tengo que pedir perdón”.
Entrevistador: Tengo muchas diferencias con mucha gente, pero obviamente, no es solo el tenerla o no tenerla, sino de qué manera se expresa sobre Catalunya.
Alaska: Sois muy vehementes a veces los chicos que me rodeáis en la vida y supongo que yo no lo soy por compensar.
E: No sé si llamarlo vehemente, pero yo creo que poco favor está haciendo.
A: Bueno, yo ahí no me voy a meter porque es tu historia, pero entonces ¿a qué vamos? ¿a que nos gustan las personas que dicen las cosas con vehemencia solo cuando dicen lo que a nosotros nos gusta?
E: (...) Hay momentos en los que a los que vivimos la realidad día a día de Catalunya no solo nos ha hecho daño, sino que ha demostrado, con toda la cultura que él tiene, que en ciertas cosas es tremendamente inculto.
A: Me temo que a veces las realidades se ven muy distintas según de qué lado del sofá estemos sentados.
E: O sea, tú estás de acuerdo con las opiniones de Federico 
A: Yo no sé cuáles son las opiniones ni tuyas, ni de Federico, pero sí tengo la edad suficiente para darme cuenta de que tu visión sobre lo que sea es muy orteguiana: son tú y tus circunstancias. Y probablemente, por eso es que nunca nos vamos a entender las personas, porque nuestros absolutos son verdades como puños para nosotros, pero no lo son para el infinito.

domingo, 24 de febrero de 2019

Entrevista en HCM Radio TV


Agradezco a Jhonatan Ramírez y al canal HCM Radio TV por esta entrevista que me realizarán el viernes 01 de marzo junto a los escritores Edwin André y Jorge Luis Roncal Rodríguez como parte de su programa Confidencias en el tiempo.

jueves, 14 de febrero de 2019

El retiro de Alfredo Bryce


Recuerdo haber intentado leer Un mundo para Julius varias veces, algo muy raro, ya que suelo abandonar un libro a las pocas páginas cuando éste no capta mi atención o falla en hincarme alguna fibra íntima. La prosa de Bryce, aunque magistral, simplemente no es para mí. Nunca supe por qué y ésta es una pregunta que no me he esforzado en responder, ya que mis libros son meros artefactos de goce que no puedo seguir usando si no cumplen con su cometido desde el inicio.

Mi fijación por la literatura como fuente de endorfinas es una de las razones que me hace sentir satisfecho de no haberla elegido como carrera universitaria. El leer libros por obligación y estudiar autores soporíferos hubiese sido una tortura académica que bien hubiese podido matar la literatura para mí. Por ello, si mis padres me hubiesen dado a elegir, habría escogido estudiar artes plásticas, ya que siempre fui torpe con las manos y me hubiese fascinado pasar años de entrenamiento hasta dominar los óleos, el pincel, el cincel y la roca.

Probé con algunos cuentos de Bryce y tampoco me causaron efecto alguno. Fue curioso porque en todos ellos pude reconocer la mano de un maestro de la prosa. Existen maestros, sin embargo, que no logran inspirarnos. En la poesía, me sucede lo mismo con Antonio Cisneros y Blanca Varela: no me hacen sentir nada. Diría, entonces, que la literatura es para mí un refugio solamente comparable al beso apasionado de una amante, y más aun, al contacto sexual. Se trata de un fenómeno tan subjetivo que los criterios académicos se vuelven irrelevantes: ante un libro puedo encontarme íntimamente asombrado y adicto, o presa total del hastío y la indiferencia.
No obstante, por alguna razón siempre he disfrutado de sus entrevistas (salvo en las que se encuentra alcoholizado), ya que si bien su mente brillante no logra encandilarme en la ficción, sí arroja en la vida real las luces de simplicidad y desfachatez que solo tienen los genios cuando se expresan de forma espontánea. Bryce no apela a recursos literarios al hablar, sino que más bien conserva un tono confesional propio de quienes ya lo han visto todo y son conscientes de la proximidad de la muerte.
Sus antimemorias, Permiso para retirarme (Peisa, mayo de 2019) será su última novela. Será también, quizá, mi última oportunidad de reconciliarme con un autor cuya obra jamás me desagradó, sino que siempre se escondió de mí tras filtros estéticos y sentimentales demasiado lejanos de los míos. Algo en esta entrevista con sabor a despedida me dice que esta despedida sí logrará capturarme y me permitirá, por fin, conocerlo.
ENTREVISTA DE ENRIQUE PLANAS A ALFREDO BRYCE
EP: ¿Cuáles son sus estrategias para combatir la depresión?

AB: Salir, viajar, moverse, no dejarte ganar por la enfermedad. Siempre camino todas las mañanas y tengo una bicicleta estacionaria donde pedaleo un rato cada vez que me acuerdo. Ahora no estoy escribiendo, pero estoy leyendo con gran placer, porque además me sirve para tener vivos los idiomas que con tanta dificultad aprendí. Ahora leo El viejo y el mar, de Hemingway en italiano, solo para practicar una lengua maravillosa.

EP: A inicios de los años setenta, Un mundo para Julius fue leída como una crítica brutal a la oligarquía. Cuando uno lee hoy esa novela, lo que encuentra es un doloroso testimonio familiar ¿El éxito suele obedecer a razones equivocadas?
AB: Cualquiera que quiera escribir para ser famoso se ha equivocado totalmente. Y mira que ya había quienes pensaban así en esa época.

EP: ¿Manuel Scorza, por ejemplo?


AB: Scorza es el mejor ejemplo, sí. Era un producto de sí mismo. Fue un vividor total de la izquierda. Como una vez que lo encontré en París. Ambos vivíamos allí, pero nos veíamos poco. Yo cruzaba la calle y le digo: ¡Qué bien se te ve! "Y eso que no soy un producto acabado", me contestó.


Entrevista completa.

domingo, 10 de febrero de 2019

Mario Vargas Llosa, su apoyo a Fidel Castro y a otros personajes monstruosos


Comenzaré con este párrafo de la reseña que escribió Beto Ortíz sobre El cine malo es mejor, de Javier Ponce. (A propósito, tampoco me importa quién es Beto Ortiz como persona).

“Javier Ponce es genial pero fujimorista” —me whatsappea un amigo gay pero caviar. “A mí qué chucha” —le respondo— “así fuera nazi pero caníbal, yo lo leería igual”.

Nunca me han interesado las vidas de los escritores, sino únicamente sus obras. Mi mayor antipatía contra MVLl viene de haberse vendido al nefasto régimen de Fidel Castro, así como muchos intelectuales de su generación, varios de los cuales apoyaron esta barbarie hasta la muerte. (MVLL tuvo, al menos, la decencia de alejarse para nunca más volver). Su apoyo a uno de los peores sátrapas de la historia jamás hizo, sin embargo, que dejase de admirarlo como el gran artista que, en mi opinión, es. Me sucedió igual con Gabriel García Márquez, castrista confeso, pero maestro de la literatura.

Aunque me cae mal su actual cercanía con la realeza española, a la que apoya a pesar de sus abusos contra la libertad de expresión, MVLl es un simple ser humano; no es, ni será jamás nada más que eso. Grabémonos bien que los escritores son exactamente como cualquier hijo de vecino: con las mismas taras, prejuicios y debilidades que el resto de los mortales, así dominen el idioma y las artes al derecho y al revés. Los grandes escritores no son seres iluminados, ni muchísimo menos. Suelen ser, más bien, personas muy difíciles de soportar. Siempre he considerado que su única riqueza se encuentra en sus creaciones y yo no me sentaría a la mesa con ninguno de mis grandes ídolos así tuviese la oportunidad de  hacerlo, ya que la gran mayoría no solo son individuos bastante ordinarios, sino que además suelen estar convencidos de formar parte de la reserva moral e intelectual de la humanidad, algo que está, por supuesto, muy lejos de ser cierto.

Hoy, MVLl se manifiesta conta Pedro Sánchez, aparece junto a personajes nefastos de Vox y yo no me inmuto: seguiré leyéndolo. Mañana, se morirá y tampoco me inmutaré. No me enstristeceré, ni iré al cementerio a dejarle flores y tomarme fotos con su tumba, como jamás he hecho ni haría con ningún otro escritor del mundo. El único aporte de un artista a la humanidad son sus obras. El resto es vulgar carne, hueso y cenizas.

martes, 5 de febrero de 2019

El no dilema de Salinger


Jerome David Salinger fue el único escritor cuya obra me condujo a desarrollarle cariño como persona. Aburridos, frívolos, amargados y con egos insufribles, la gran mayoría de escritores no somos personas muy agradables. Suelo evitar a mis colegas, y por eso, siempre dividí al individuo en dos: por un lado, sus libros, que son artefactos dignos de veneración. Por el otro, el escritor, quien no me genera mayor simpatía ni respeto que el anónimo cajero de un banco o aquel vecino misterioso con el que jamás cruzo palabra ¿Por qué entonces es Salinger la excepción, sobre todo teniendo en cuenta que él tampoco fue una persona muy agradable?
Como no tengo respuesta a esta pregunta, solo me queda especular. Quizá se debe a que El guardián en el centeno me abrió los ojos a una realidad que siempre observé, pero que nunca atiné a definir, y menos a narrar, por considerarla parte de un universo con muy poco atractivo literario. La novela, así como los escasos cuentos que publicó, se revuelve en torno a un personaje que tiene mucho de Salinger mismo. Holden Caulfield vivió una adolescencia como la que vivimos muchos de nosotros: apasionada y atormentada a la vez, donde en total caos, amigos y compañeras sentimentales desfilaban sin lograr jamás menguar por mucho tiempo la sensación de soledad que nos consumía las veinticuatro horas, y que curiosamente, solo dejaba de doler al encontrarnos completamente solos.
Luego de publicar apenas cinco libros, Salinger se recluyó en su casa de los suburbios, de la que prácticamente no saldría en cincuenta años. Apenas cruzó su puerta para furtivos encuentos amorosos, misteriosas conversaciones con amigos en Nueva York y espantar periodistas insistentes con los ojos desorbitados y el puño en alto.
Fueron cincuenta años en los que no paró de escribir y solo buscó autosatisfacerse leyéndose a sí mismo, llegando al extremo de hacer firmar a sus esposas, amantes y amigos acuerdos de confidencialidad para que ninguna de esas obras viese jamás la luz. Hoy, a nueve años de su muerte, todos los candados han sido violados y su familia publicará estos escritos inéditos que volverán a poner de cabeza la literatura anglosajona, tal como hizo El guardián en el centeno en 1951.
¿Debería respetarse la férrea terquedad del autor de nunca publicar sus textos? Es aquí que Salinger desaparece como persona y veo solamente al maestro de la literatura cuyo legado para la humanidad no puede permanecer oculto si se dan las condiciones para compartirlo. Después de todo, él ya está muerto y las tumbas son solo eso: tumbas donde todo cuerpo se degrada por igual y termina siendo solo huesos. Sus obras, en cambio, son un patrimonio tan valioso para la especie humana como los aportes de la ciencia y las maravillas de la naturaleza. Para mí no es un dilema. Entre el individuo y el escritor, el escritor saldrá siempre ganando, así sea ésta una derrota para el individuo.
Yo ya no puedo esperar a leer todo lo que él jamás quiso que nadie leyera.


Presentación de Distancias



Me complace presentar Distancias, el segundo libro de mi gran amigo y poeta Rodolfo Suito este sábado en Casatomada Librería & Café.

Finalizaremos con una lectura de poemas a cargo del autor.

La cita es este sábado 09 de febrero desde las 08:00 de la noche en Casatomada.

Poetas al micrófono:
- Etiel Taupier
- Fernando Reverter
- Andrea Dávalos
- Renzo Brusco.

Los esperamos.

jueves, 17 de enero de 2019

La palabra en su complejidad autoconsciente


Por Julio Barco


Viajar como Cavero es deslindarnos del tedio -la psiquis bulliciosa, el infinito de los paisajes- para penetrar en el mar que somos.

Se comprende que necesariamente con la poesía uno se incendia. Y el infierno que se vive, es un viaje de ida y vuelta. Y es un viaje (un viento fresco estremeciendo tus sueños, según Verástegui) Vamos y venimos en los versos, golpeando el aire en su trance, buscando aquello que los simbolistas hace años llamaron: éxtasis. Aquel estado que nuestro filósofo Mario Iberico tradujo como encantamiento, o estado artístico.

Es así que, en tono trágico, llegamos saltando por el tiempo hasta la primera vanguardia nacional, y la voz chirriante, taciturna, loca, vacía, desmesurada de Martín Adán y su escrito a ciegas. El sueño y la palabra y la inexorable búsqueda poética. En el caso de Carlos Cavero (Lima, 1978)  con su nuevo poemario: Capturas de escafandra. A diferencia de Eguren que amaba los caminos inexplorados,  sigue los “pasos fijos” (1) Quizás por esto, el autor-ser-autoconciencia tiene la mirada de cirujano y su navío, más que una balsa o un barco ebrio, es una escafandra.
Armadura que, si bien nos introduce al fondo del mar, también es cuidado-útero-escudo.  Palabra y latido y símbolo: el proyecto de Carlos se torna entonces una acción meticulosa. Tras sumergirse y “gritar buscando auxilio en la calle”(2), la realidad – cuestiones, política, cotidianidad-se amplifica, problematizando, con lenguaje bruñido, sus propios límites. La voz del poeta no nace bajo la furia del delirio, o del encuentro de la verdad mayor desde la que cantar, o -en su defecto- de fórmulas que interrogan el juego del propio sujeto (como se viene cuestionando desde la poesía última universal: la capacidad de ser yo, de poder hablar, la capacidad del lenguaje de poder trazar sentido)  Como sugiere en el poema Secuela quien se “insemina despierto” (…) “jamás alcanzará a ver mis ojos” Lo que me hace reflexionar sobre la inseminación  despierta, camino de vuelta a ese no ser ya una voz poetizada, sino el mismo UNo, en su jaula. LO que también augura inquietantemente incertidumbre, digno – en síntesis- del camino que siguen los locos y poetas.
Ya en ese Mar HONDO -siguiente sección del libro- ( recuerden aquí el libro UN iceberg llamado poesía, con el que Pablo Guevara ganó hace años un COpé), ese Mar Adentro que también, en su pluralidad y complejidad es el ser (o el yo – “yo es otro” como atina RImbaud) vibra la mirada de un ser, un lienzo nítido instrospectivo, esa sutileza para bordar su voz en el espacio-tiempo del papel, mas que conectarse con la Tradición Nacional, manifiesta con certeza el desconcierto de sus ojos. EN ese Mar Adentro, repito, la psiquis bulliciosa, el infinito de los paisajes, el ojo humano son “argumentos estériles”
Las dos últimas secciones (Oxitocinas – ENdopaminas, hormonas que secreta el hipotálamo durante la relación sexual, el primero, y precursora de la adrenalina, el segundo) la poética gira y complejiza sobre todo los juegos humanos, entre lo biólogo es evidente y  los inevitables límites sobre nuestras propias perspectivas y las formas que asumimos o nos entendemos. EL juego de barro que somos, natural, atado como los árboles a la tierra húmeda, y el infinito de la complejidad a la que, gracias al lenguaje (dentro de la neocorteza-en el tercer cerebro) los humanos nos seguimos reflexionando, cuestionando, sintiendo. EL mar, esa aventura. Nosotros como ese mar. Y la palabra como la fotografía (¿capturas?) que persigue atrapar el instante, entre los desasosegados paisajes interiores, y el inevitable ondular de la vida. O como dice Cerati: como estalla mi alma. En fin, las aguas del mar vuelven agitadamente nuestros ojos al unívoco movimiento. Y la escafandra deja la tibia tierra.

Seremsa, 2018.
1. Del poema Autoperdón. Pág 28.
2. Del poema Invierno. Pág 12.

[Reseña de la revista literaria Lenguaje Perú]